El
derecho a vivir en baja resolución.
(ensayo-performativo desde
una práctica transdisciplinar)
Hay un momento, pequeño, casi invisible, en el que el mundo te pide que te vuelvas nítida.
Sucede en una mesa, en una llamada, en un “¿y tú qué piensas de…?”, en un “defínete”, en un “pero entonces… ¿qué eres?”, en un “aclara esto ya”. A veces no lo dicen con palabras: lo dicen con la prisa, con la ceja levantada, con el silencio que castiga.
Y tú, para que todo siga funcionando, haces el gesto más aprendido del siglo: te traduces.
Te pasas a limpio. Te vuelves un resumen. Te vuelves defendible. Te vuelves coherente. Te vuelves “una versión” de ti.
Yo vengo a proponer lo contrario: reivindico el derecho a vivir en baja resolución.
No como estética. Como ética. Como práctica cotidiana. Como cuidado.
1. Baja resolución no es vaguedad: es respiración.
La baja resolución no es “no mojarse”. No es “no responsabilizarse”. No es confundir a propósito.
La baja resolución es otra cosa: un espacio donde lo humano no está obligado a ser legible al instante.
Una zona donde puedes decir:
— no sé todavía.
— me contradigo y sigo siendo honesta.
— no puedo contarlo en orden.
— no me sale limpio.
— no quiero convertir esto en explicación.La cultura confunde claridad con madurez. Y confunde nitidez con verdad. Pero hay verdades que sólo existen en borrador.
En fenomenología, el mundo no aparece primero como concepto: aparece como experiencia encarnada, atmósfera, orientación, sensación de borde. Es decir: aparece “antes” del lenguaje. (Merleau-Ponty, 1962).
Exigir alta definición permanente es pedirle a la vida que llegue tarde a sí misma: que primero se traduzca y después ocurra.
2. Conocimiento situado: escribir desde aquí (y no desde “la vista de nadie”).
Como artista transdisciplinar, mi forma de pensar no separa “obra” y “vida”. Pienso montando: fragmentos, ritmos, escenas, restos. Pienso con el cuerpo y con el tiempo irregular de lo vivido.
Por eso, mi primera referencia no es un método para “demostrar”. Es un permiso para situar.
Donna Haraway lo dijo con precisión: no existe una mirada neutral desde ningún lugar; toda mirada es parcial, encarnada, responsable de su posición. (Haraway, 1988).
Desde ahí, “baja resolución” deja de ser un capricho: se vuelve una ética de la perspectiva.
No te debo una versión total de mí.
Te debo, si acaso, honestidad sobre desde dónde hablo.
3) Opacidad: cuando no entenderlo todo es una forma de relación.
Aquí entra la palabra que sostiene este texto por debajo: opacidad.
Édouard Glissant defendió el “derecho a la opacidad” como condición de la Relación: no como aislamiento, sino como libertad frente a la reducción. (Glissant, 1997).
Opacidad no es incomunicación. Es negarse a que el vínculo dependa de devorarte el significado.
La exigencia de nitidez suele disfrazarse de amor:
“Quiero entenderte.”
Pero a veces significa:
“Quiero que seas manejable.”
La baja resolución, entonces, no es un defecto de señal. Es una forma de decir:
— no todo lo real está disponible para ser consumido.
— no todo lo vivo cabe en una explicación.
4) La política íntima de la nitidez: emociones que circulan.
La demanda de claridad rara vez nace del cuidado. Muchas veces nace de la incomodidad.
Sara Ahmed describe cómo las emociones no se quedan dentro: circulan, se pegan, organizan cuerpos en espacios; crean “economías afectivas”. (Ahmed, 2004/2014).
Lo borroso incomoda porque no se deja administrar rápido: no se alinea con el guion, no cierra el conflicto, no entrega moraleja.
Por eso la baja resolución es radicalmente humana: porque no optimiza la convivencia; la hace más verdadera.
5) Arte y vida: cuando la forma también es argumento.
Si este texto suena más a partitura que a ensayo, es porque yo no sé pensar sin forma.
Allan Kaprow defendió el desdibujamiento entre arte y vida, y trabajó desde la experiencia como campo. (Kaprow, 2003).
No lo cito para “hacer historia del performance”, justifica una decisión: que el artículo sea también una pieza practicable.
Porque “baja resolución” no se predica: se ensaya.
6) Manifiesto mínimo: Derechos de baja resolución.
Tengo derecho a no estar lista.
Tengo derecho a no saber explicarme hoy.
Tengo derecho a contradecirme sin ser acusada de fraude.
Tengo derecho a vivir sin resumen.
Tengo derecho a sentir mezclado.
Tengo derecho a cambiar de ritmo.
Tengo derecho a que mi valor no dependa de mi legibilidad.
Esto no es individualismo. Es infraestructura afectiva.
Joan Tronto plantea el cuidado como práctica política: atender necesidades reales, asumir responsabilidades, organizar lo común para sostener vidas. (Tronto, 1993; Tronto, 2013).
La baja resolución, en esta lectura, es cuidado: baja la violencia de “tener que performar una identidad” para ser tratada con dignidad.
7) Receta: una conversación en baja resolución (score para dos o más cuerpos).
Ración: 2–4 personas
Tiempo: 20 minutos
Objetivo: estar sin resolver
Ingredientes
1 mesa (o un borde de acera)
1 vaso de agua
1 frase de permiso
1 pregunta de cuidado
Preparación
Acordad la regla: durante 10 minutos, nadie “arregla” a nadie.
Elegid una frase de permiso, una sola, y usadla sin justificarla. Ejemplos:
“No puedo ponerlo en limpio todavía.”
“Esto me sale en fragmentos.”
“Hoy sólo tengo sensaciones.”
Turnos cortos: 60–90 segundos por persona. Si te pierdes, vuelve a la respiración.
Emplatado (cierre)
Cada una responde una sola pregunta, sin debate:
“¿Qué necesitas ahora: compañía, tiempo o silencio?”
Esto es “cuidado” en el sentido más simple: sostener un espacio donde lo humano no se convierte en expediente.
8) Aterrizar: baja resolución como resistencia al “arriba” permanente.
Hay otra dimensión: no sólo nos piden nitidez; nos piden estar siempre “arriba”. En rendimiento, en discurso, en productividad emocional.
Bruno Latour escribió sobre “aterrizar” en el contexto de la crisis climática: volver a lo material, a lo situado, a la dependencia real del suelo que nos sostiene. (Latour, 2018).
Sin convertirlo en metáfora fácil, me sirve: la baja resolución también es un aterrizaje. Un descenso del yo-empresa al yo-cuerpo.
Baja resolución es decir:
— hoy mi vida no va a subir a la nube de la coherencia.
— hoy se queda aquí, con su textura, con su ambivalencia, con su verdad imperfecta.
9) Coda: una promesa para cuidar lo borroso.
Si has llegado hasta aquí, quizá te suene esto: la parte más viva de ti suele aparecer cuando dejas de actuar para ser entendida.
Mi promesa, mi práctica, es construir espacios donde lo borroso no sea castigado.
No para celebrar la confusión, para proteger el
proceso.
No para negar el conflicto, para darle tiempo.
No para evitar la verdad, para dejar que ocurra sin violencia.
Porque la nitidez, a veces, es una forma de control.
Y lo humano, lo profundamente humano, suele empezar donde la claridad termina.
No para negar el conflicto, para darle tiempo.
No para evitar la verdad, para dejar que ocurra sin violencia.
Porque la nitidez, a veces, es una forma de control.
Y lo humano, lo profundamente humano, suele empezar donde la claridad termina.

Ref.
Ahmed, S. (2017). La política cultural de las emociones. UNAM.
Glissant, É. (2017). Poética de la relación. Editorial UNQ.
Haraway, D. J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza. Cátedra.
Kaprow, A. (2016). Entre el arte y la vida: Ensayos sobre el happening. Alpha Decay.
Latour, B. (2019). Dónde aterrizar: Cómo orientarse en política. Taurus.
Merleau-Ponty, M. (1975). Fenomenología de la percepción. Península.
Tronto, J. C. (2024). Democracia y cuidado: Mercados, igualdad y justicia. Rayo Verde Editorial.