Apasionada de la lectura, que me ha salvado la vida alguna que otra vez, soy una enamorada del lenguaje, de cualquiera. Me interesa lo que dice y la manera en que lo dice, su contenido y su continente, su significante y su significado.
Confieso que ha habido momentos, a lo largo de la vida, en los que he elegido reservarme la opinión o, sencillamente, pasar de largo. Ideas y conocimientos no me faltaban; lo que no aparecía era la necesidad de demostrarlos. A menudo me tiraban más otras cuestiones, y con eso me bastaba.
Cuando entré en la parcela universitaria, el juego cambió. Me vi obligada, en cierto sentido, a poner en palabras lo que ya llevaba dentro, a justificar mis pensamientos, mis reflexiones, mis referencias. No era cuestión de empezar de cero: era aprender a sostener lo que sabía con argumentos, a hacerlo visible y compartible.
Y ahí entendí algo importante. Creemos saber lo que sabemos por razones que conviene nombrar. Miles de años de conocimiento merecen ser mencionados, no para imponer autoridad ni alejar a nadie, para abrir una pregunta que nos devuelve al origen: por qué sabemos lo que creemos saber.
